El frío acosaba su cuerpo que parecía encogerse dentro de sus ropajes, sus pantalones de cuero, botas altas de y gruesas de lana, el abrigo negro de seda que le envolvía desde los píes hasta e cuello, la camisa de lana y el sombrero ancho que le tapaba de la nieve.
Huía, huía de sus recuerdos, de un pasado de llanto, guerra y dolor, huía de todo lo que nunca podría escapar, de la añoranza de sentir a ella, bella mujer que ya nunca abrazará. y escuchando a esa voz que le maldijo, a él y su destino.
Perdido en sus pensamientos, medio dormido encima de su fiel corcel negro, grande y fuerte, aunque ya algo mayor que esta noche fría se resentía de las heridas sufridas en batallas que ya nadie recuerda, seguían caminando buscando lo que nunca parecía ser encontrado. Después de muchos días perdido en bosques oscuros, donde las voces del miedo taladran siempre el subconsciente, sentían que todo era en vano.
Pero esa noche era especial, algo raro oscurecía mas todo el paraje, y una niebla triste y melancólica hacía que el temor a todo, floreciera en cada silbido desconocido y respiración que él mismo emitía.
“Algo extraño sucede”, pensó él, “espero pronto encontrar un sitio donde alojarme esta noche”. Algo rozó su hombro y le hizo despertar de su estado de semi noctambulismo, y agudizó sus sentidos, algo le estaba vigilando y por una vez, como si toda su gloría guerrera se esfumara en un instante. “Quizá debería apremiar el paso”, decidió mientras espoleaba a su caballo obligándolo a correr rápido durante un tiempo indeterminado pero que para ambos parecieron siglos.
La carrera se hizo larga, y continuamente el guerrero de gloria perdida sentía como le rozaban el cuello y los brazos, tanto que casi se cae del caballo, y mientras la niebla se hacía cada vez mas densa, algo volaba cerca de él.
De repente, la niebla desapareció, y la paz volvió, justo cuando vió un pueblo, cerca, donde muy pocos hogares quedaban en pie, solo una vieja iglesia de pequeño tamaño y unas pocas casas con humo saliendo de sus chimeneas y el resto de casas derruidas y empobrecidas por el paso del tiempo.
“Este lugar será mi cobijo esta noche”
Encontró en el pequeño pueblo un lugar llamado “la posada del sueño”, y decidió pedir una cama:
-Buenas noches posadero, busco una cama donde pasar la noche.
El posadero era feo y grotesco, ojos negros como la noche y larga melena blanca, que casi se fundía con el color de la cara.
-Arriba tiene una habitación para usted, mi buen…-espero una respuesta con el nombre, pero mientras se quitaba el sombrero, el guerrero contestó:
-Solo soy un caminante…
-De acuerdo caminante…disculpe un momento y ya le acompaño-el posadero se acercó a un gran reloj que había en una de las paredes de la posada, junto a las pocas y sucias mesas que parecían que nunca se habían usado-Este reloj se para siempre el día de hoy todos los años a las once de la noche.
Acompañándole a la habitación, el caminante pagó en ese momento el precio de la habitación y se tumbó en la cama sin ni siquiera desvestirse, estaba cansado y solo quería dormir. Dejó su vieja espada debajo de la cama y decidió dormir.
Dormido o no, algo apareció en su cuarto, una sombra que con una garra grande y de largas uñas les cogía del cuello y le levantaba.
El caminante, asustado, luchaba por deshacerse de la fuerte opresión del cuello, pero era un esfuerzo inútil que le hacía respirar peor. La terrible sombra se alargó mas y cuando parecía que iba a perder el conocimiento, el guerrero fue lanzado contra un pequeño armario que había en una esquina de la habitación, dándose en la cabeza con la esquina del armario.
Como pudo se levantó sangrando por el golpe, pero hábilmente cogió su espada de debajo de la cama y ataco a la sombra, dudando mucho de que esto fuera a causarle algún dolor. La estocada fue rápida y ágil, pero desconcertándole, la sombra desapareció, y ya nada ocurría en el cuarto.
Aturdido decidió investigar fuera de la habitación, pero para su sorpresa la puerta estaba cerrada con el dentro.
Decidió tirar la puerta abajo cuando algo le distrajo, un movimiento rápido por su espalda. Con la espada en mano asesto un fuerte golpe mientras se giraba, buscando la extraña sombra que antes le golpeó.
El movimiento fue rápido, mortal para cualquier ser, pero para sorpresa suya, no había nadie, nada se movía en su espalda. Solo encontró algo que le extrañó, una mariposa estaba apoyada en el filo de su espada, y curioseando con sus antenas parecía reírse del sudor y el pavor que parecía pasar el extraño morador.
Comenzando a desesperarse, movió bruscamente la espada y la mariposa desapareció tal como apareció, sin avisar y sin que se pudiera percibir por ningún mortal.
Cogiendo algo de carrerilla, corrió hacía la puerta y la golpeó con el costado.
El golpe fue muy fuerte, y el dolor del hombro parecía crecer al ver que seguía dentro de la habitación, encerrado, él y su locura, eso creía él. “Locura pasajera, eso me ocurre, no hay sombras ni mariposas que ríen, solo mi sueño y mis pesadillas, que ya hasta despierto me castigan.”
Intentando convencerse a si mismo, se sentó en la cama y tiro la espada al suelo:
-Solo locura pasajera, solo eso-se repetía a si mismo continuamente-solo locura pasajera, solo eso…
-Shh-chistó otra voz.
-¿Quién habla?-dij nervioso volviéndose a levantar y mirando a cada lado-ese leve silbido…no-se sentó- es una locura pasajera, mañana estaré mejor.
La paz volvió durante unos instantes, y él volviéndose a sentar en el borde de la cama, miró su espada que estaba en el suelo mientras repitió:
-Solo locura pasajera, solo eso.
-¡Calla!, te ordenó que te calles.-dijo la voz invisible-calla una vez más. Tu no tienes derecho a hablar.
-Solo locura pasajera ¡nada mas!-gritaba el caminante con la espada en la mano otra vez, asustado y sin creerse sus propias palabras- solo locura pasajera.
-¡Calla! tu voz me molesta, quiero silenció. Tú me estás despertando de mis bellos sueños, de mi dulce lecho, tú me estás importunando.
-¡Solo mi locura, solo mi locura, solo es mi locura!-gritaba desesperado y dándo vueltas dando espadazos al aire golpeando los pocos muebles y a la cama. Se detuvo, y la voz infernal no volvió a sonar-lo sabía-dijo sonriente-era una locura breve y pasajera.
Tumbándose en la cama deshilachada, ya mas tranquilo, se acurrucó con la intención de dormir.
Pasó una hora, o quizás unos minutos, y cuando ya parecía estar casi dormido, algo se posó en su nariz, abrió los ojos y observó asombrado la mariposa que antes se posó en su espada. Intentó quitársela de la nariz, pero como pegada a él por una maldición ya perdida, no conseguía desprendérsela de la cara, y de tanto tirar, le arrancó las alas a la mariposa. Y entonces, la voz invisible e infernal, habló:
-Tú, que me robas el sueño y despojas de alas a quien es libre y grácil, tú, debes morir.
Y justo cuando sonó las doce en el reloj del piso inferior de la posada, su propia espada, llevada por la sombra que antes le había atacado, le asestó un golpe en el pecho.
Y él, aquel caminante que tantos versos por su gloría se hicieron, que por su valor y su fuerza fue recordado durante décadas, moría solo, una noche en la vieja posada del sueño.