EL JARDÍN
En aquella casa, su alma vagaba dentro de un cuerpo, no le importaba si vivía o si moría, no le importaba nada. Cada paso era un momento más de sufrimiento, buscaba y buscaba pero nunca la encontraba. Solo desde hacía 10 años, nunca más volvió a salir de su hogar, aquel que un día se iluminaba con las antorchas de la sonrisa, el amor y la pasión. Y que hoy, ni el mismo Apolo iluminaría. La tristeza de su alma era un lastre tan pesado que no le dejaba ver mas allá de sus recuerdos.
Como todas las tardes, él se dirigió al jardín, y con comenzó a plantar a regar las flores que con tanto mimo había plantado desde la muerte de ella, su precioso rosal encendería el animo de cualquier muerto si no fuese, que como si una maldición del maligno se tratara, todas las rosas eran de color negra. Pero a él le gustaban, por que sabía que a ella le hubieran gustado, eran como fue ella, bella y oscura, pero alegre y vivas como las demás. Lloraba y lloraba, las manos se le inundaban de lágrimas mientras recordaba como en aquel hermoso jardín jugaba con ella, como si de dos niños se trataran, y de cómo se besaban y amaban… Esa misma tarde, regando las rosas, gritaba al viento:
“oh, triste destino,
Tan malvado,
Tan mezquino.
Donde está ella,
Donde tus fauces viles,
Acabara con mi flor más bella.
Oh, triste destino,
No calles,
Escucha mi llanto sibilino.
Caigo en muerto,
No entiendo tu odio,
Que me dejó hasta sin viento.”
Gritaba y gritaba siempre el mismo discurso pero nunca nadie respondía, hasta que ese día, como la estrella fugaz que surca el monótono cielo, una gran tormenta se levanto, los relámpagos sonaban fuertemente, temblaba el suelo y los rayos caían a su alrededor, ¡hasta uno destruyó el árbol donde ella se columpiaba!
“Oh destino no me castigues,
El amor empaña mis palabras,
Oh destino, a morir me obligues.”
Pero entre trueno y rayo apareció un papel entre las rosas. El miedo le inundaba el alma, pero al fin se decidió a leerla:
“Ve al árbol del cementerio,
Donde descansa mi alma,
Donde descanso en mi lecho.
Corrió al cementerio, sabía que tumba decía la carta, allí estaba ella, la más bella, la rosa de su jardín. Entró por las chirriantes puertas de metal del cementerio, resbaló por la fuerte lluvia que se mezclaba con sus lágrimas, empapado de agua y de tristeza y miedo,
Se acercó a la tumba de su amada, y vio un daga que justo delante de la tumba se anunciaba reluciente, como si a este no lloviera. Volvió a observar la daga y enseguida supo que hacer
“Señor perdona esta ofensa,
Pero el destino me mata sin matarme,
Y yo acabaré con mi mala paciencia.
Ella me espera,
Sentada en mí lecho,
Sonriente, nunca áspera,
¡Espérame, que ya voy!”
Y cuentan que en su jardín, ahora un lugar abandonado por el olvido, hay un precioso rosal que ilumina toda la ruina de su majestuoso hogar. Cuentan que aquel día que él se suicidó en la tumba de su amada, sus rosas dejaron de ser negras, y se volvieron todas de hermosos colores, recordando el bello amor que a los dos les unió tanto en vida como en la muerte.
3 comentarios
Mercedes -
todavia queda gente que cree en la utopia y en el romaticismo y es una esperanza para este mundo
Eres un caballero del siglo XXI con el alma del siglo XIX.
No pierdas nunca ese corazon tan magico que tienes, mereces mucho la pena
iciar -
Jorge -