La carta
Y sumergido en profundos delirios estridentes, miro el reloj dorado que guardo en mi levita negra, es tarde y parece que ni el mismo Cuervo vaya a entrar en mi casa. Solo yo, mis poemas, que vuelan alrededor, y mi pipa de la que fumo mientras, apoyado en la mano, busco la palabra justa para terminar su poema:
“Dulce como la niñez,
Era la más bella.
Blanca era su tez,
Blanca como una estrella.
Pierdo mi vida pensando,
Buscando unas palabras
Que pueda yo decir a ella,
Para compararla con las hadas.”
Poema incompleto, decrepito de verso, insulto de Homero. No puedo creer que su voz de azúcar siga en mi cabeza, cuando solo una vez la oí, cuando solo una palabra dijo en mi presencia “gracias”. ¡Oh!, pero a Zeus pongo por testigo, que me lance un rayo del divino Olimpo si me equivoco, que ha sido la palabra que de manera mas bella nadie dijo. Pero de belleza mas sabe su cara, fina de gestos, grácil en mofletes, almendrados ojos de azul intenso, con esos labios que parecen trazados por el artista de la Grecia clásica Apeles, con un rojo que levanta mi pasión mas feroz.
¡Hechizo de cordura triste en mi noche!, no puedo recordar mas ojos que los suyos y no puedo imaginar mas labios que los suyos…No entiendo que ocurre pero a ella necesito, a ella buscaré ahora mismo, mas la muerte encuentre si no consigo su amor en mi alma.
(cloc, cloc) Pero, un momento, han llamado a mi puerta, es ella, que viene a buscar mi amor, rápido la abro.
Pero desdichado destino, no es ella, es una carta que oscurece mi alma:
“Querido Edgar, su bella prometida ha caído en triste destino esta noche, su piel se emblanquece mas de lo naturalmente sano, y sus fuerzas se esfuman con el humo del incienso, ella ruega que usted venga a verla”
Rápido salgo de mi hogar, buscando su olor en el aire para llegar a su regazo, para animar su alma que poco a poco se desvanece “¡Corre, corre!” le digo al conductor de mi carro, las vistas de esos árboles que ocultan la poca luz que ofrece la luna llenan de oscuridad mi ya entristecida alma.
Llego a su lado y ella está ya durmiendo, relajada en su cama, y yo, que no quiero despertarla, me acomodo en una silla, donde, como por acto de musa que me sopla de ideas mi cabeza, escribo en mi pequeña libreta las palabras que a ella le dedico.
Amor es lo que siento,
Amor a sus ojos a sus labios,
Amor me susurra el viento,
Amor en su alma sus manos.
Y ella esta noche ya duerme, y yo, sentado a su lado mirándola fijamente, guardo mi libreta y con mi abre cartas en mano, me decido a dormir con ella, dormir en su regazo para siempre, descansando a su lado, recostado junto a ella, hasta que me despierte…
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maRia... -